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jueves, 23 de agosto de 2012

Pirámide



El ritmo de construcción de una novela se asemeja, a mi parecer, al de una pirámide del antiguo Egipto.

Las primeras capas de piedra implican un trabajo enorme por la gran cantidad de material a colocar para establecer la base de la construcción. Es un esfuerzo arduo que no luce, tal como ocurre cuando comienzas a plantear la estructura de una historia: se dedica muchísimo tiempo a pensarla, tantearla, imaginar personajes, calibrar conflictos. Es el momento de los grandes movimientos de ficha, donde de un día para otro puedes dar un giro copernicano al meollo mismo del relato y a los objetivos marcados.

Conforme avanzas, las piedras van disminuyendo aunque sean más complicadas de subir. Rellenar un escalón lleva menos tiempo y la altura va creciendo a un ritmo menos desagradecido.


En la etapa que estoy ahora, en cambio, estoy buscando las piedras elegidas que coronen la pirámide. Son éstas las que más van a lucir, las que más sudor me va a llevar remontar hasta lo alto, pero la velocidad con la que avanza es rapidísima. Es una altura de vértigo, en la que cualquier fallo supone un riesgo altísimo pero, al mismo tiempo, no hace falta echar tanto tiempo para hacer progresar la obra. Las grandes decisiones ya están tomadas, las alternativas cada vez escasean más y el final se va imponiendo, a veces incluso contra la voluntad legítima del autor, porque los personajes ya están tan vivos que no se dejan dominar por nadie.


viernes, 27 de julio de 2012

Cautivar

Cuando se desarrolla una historia hay que ser consciente que no todo puede centrarse en la crónica en sí, sino que hay que calcular bien el cómo se cuenta para captar la atención de aquél a quien quieres conmover, emocionar o entretener con tu relato.

Para lograrlo hay métodos más o menos sutiles, que van desde el anticipo de informaciones que no se terminan de dar nunca de forma completa hasta la profusión de sorpresas o situaciones límite que mantengan en estado de alerta máxima al lector.

Es importante, en cualquier caso, ser honesto con quien se entrega a la lectura de tu novela: no todo vale. Proporcionar más datos de la cuenta, contradictorios, incoherentes o argumentos con pies de barro pueden llevar a que quien te lea llegue al final con el corazón en un puño, pero es casi seguro que no volverá a darte una oportunidad.

Se necesita encontrar el perfecto equilibrio que no adultere la centralidad de la historia y, al mismo tiempo, la aderece con el pique suficiente para hacerla fluida, sorpresiva e hipnótica. De conseguirse o no depende que la obra se convierta en una joya o derive en algo mediocre, independientemente de la fuerza de lo que allí se cuente.



En esta novela que estoy construyendo, una de mis armas para tratar de conseguir esa complicidad de quien me lea va a consistir en cambiar el objetivo de la cámara del narrador cada cierto tiempo y de forma imprevisible. Es decir, haré que quien narra la historia acompañe a uno de los protagonistas del amanecer a la noche, sin abandonarlo, hasta que se cruce otro por su camino y deje al anterior leyendo a Murakami en la bañera, montado en una moto espiando a otro de los protagonistas o borracha, en este caso Virginia, en una discoteca de los Campos Elíseos parisinos. Ese efecto pretende producir el desasosiego de abandonar a quien hasta entonces era nuestro héroe y el morbo, en paralelo, de comenzar a ver sus miserias, y sus atractivos, desde otros ojos, que a partir de entonces se vuelven centrales.

Otro de los trucos para dar fluidez a la historia es el 'non stop'. La novela comienza un lunes por la noche y no hay ninguna pausa o elipsis que provoque despistes temporales. Sin flashbacks ni flashforwards, recursos perfectamente válidos y de los que me serví en abundancia en novelas anteriores. Lo que hay es lo que se ve, lo que pasa es lo que ocurre en el momento presente, sin artificios. Es una apuesta arriesgada por no salir de la línea, pero hace ganar en credibilidad.

Y una tercera argucia es el dar información aparentemente intranscendente a lo largo de todo el desarrollo, ya desde el mismo inicio, como migas de pan que marquen todo el recorrido, con el objeto de ir retornando a ellas conforme la historia avance para dar cuenta de su importancia, de forma que el lector comience a entender pronto que no hay apunte vano y que la atención al texto debe ser total:

Con la perspectiva certera de ambiente cargado que daban las grandes cristaleras, Leo entreabrió con desgana la puerta de la Galería, sin contemplar siquiera la posibilidad de que su mujer no estuviese realmente enferma

domingo, 15 de julio de 2012

Narrador

La mejor forma de diseñar un narrador en una novela es hacerlo invisible, que nadie se plantee nada acerca de su existencia.

Salvo que el narrador forme parte de la trama y sea una figura clave, si un lector medio comienza a intrigarse acerca de si se narra en primera o tercera persona, si es omnisciente o qué tipo de lenguaje está utilizando, entonces estamos cometiendo un fallo.

La clave de una buena historia es que nos introduzcamos en ella haciéndonos preguntas y soñando alrededor del mundo que se ha creado para aquél que ha dado la oportunidad a la obra de ser leída.

Preguntarnos con respecto a todo lo accesorio que rodea a la novela, salvo que seamos estudiosos o literatos, implica un defecto de fondo en la construcción de la misma.

Es por ello que la figura del narrador es tan importante trabajarla como imprescindible que no se note.

Cuando comencé a escribir mi novela decidí que el narrador, de forma parecida a mi obra anterior (No te supe perder), nos contara la historia desde la objetividad de la tercera persona y la subjetividad del conocer sólo lo que el protagonista puntual conoce. Porque una de las claves de esta apuesta narrativa será el ir variando de personaje principal de forma sucesiva, imprevisible, en idas y vueltas que permitan al lector escapar por importantes períodos de tiempo del acompañamiento de uno de ellos para irse de viaje con alguno de los otros.

Esta fórmula narrativa es arriesgada porque, de alguna forma sutil, tenía también que cambiar el ritmo, el tono, el lenguaje que acompaña cada fase narrativa, creando universos propios que no se salieran en ningún momento del código penal establecido.

Cuando se juega tan fuerte, es necesario hacer determinados tests con lo escrito al llevar avanzada la faena, con alguien de confianza y lector asiduo de todo tipo de literatura, para tener un retorno de sus sensaciones y comprobar, a base de preguntas tomando un café tranquilo, si en algún momento el narrador ha dejado entrever sus garras.

En esta ficción que estoy creando, hace algún tiempo dejé todo lo escrito a Santi Moliní, amigo y escritor. Pude constatar que, cuando el narrador se iba se paseo con Virginia, él se despistaba. Luego ya tengo una tarea pendiente: reparar la estructura narrativa que rodea a ese personaje.



jueves, 12 de julio de 2012

El tono

Es importante saber qué ambiente crear para que el lector, en cuanto te dé la oportunidad de leerte, sepa en qué mundo se va a meter, con qué códigos.

No se puede pretender contentar a todos, porque ello implicaría una literatura demasiado poco exigente y prostituida. Hay que tener claro hacia quién va dirigida y qué buscarían esos potenciales lectores en tu historia. En función de ello se establecerá un tono intimista, arrebatador, urbanita, duro, frío, más o menos dinámico, provocador o pausado.

La novela por la que me decidí esta vez tenía que construirse a partir de unos esquemas de fluidez, lenguaje directo y una base potente de diálogos que mostrara a los personajes más por lo que hacen y dicen que por lo que el narrador cuenta de ellos.

¿Qué tiene que ver esto con el público en el que yo pienso?

Creo que mucho.

Mi público objetivo es urbano, no es clásico, tiene una edad media y está de vuelta de determinadas ingenuidades que mis historias no pueden, no quieren ofrecer. Pienso en un lector que dé mucha importancia a lo que se cuente, a cómo se profundice en ello, pero sin estar atento a la estructura ni al estilo. Huyo, por tanto, de lenguajes barrocos ni exceso de reflexiones que frenen la lectura.

Quiero provocar emoción más que reflexión en lo instantáneo del hecho en sí de la lectura, teniendo como objetivo final que la historia llegue y acabe impactando en determinadas interioridades de quien se enfrenta a ella. Es decir, busco la reflexión como consecuencia, no como inmediatez.

Decido entonces que esta novela en construcción tenga un lenguaje directo, de frases cortas pero trabajadas, escrito en tercera persona por la obligación que impone el ser una historia coral y para reforzar el tono cinematográfico, urbano y ágil de que procuro impregnarla.


martes, 10 de julio de 2012

Personajes

Hay tantas literaturas como lectores existen, porque cada cual busca la porción exacta de ingredientes con que construiría o imaginaría la historia perfecta.

Uno de esos componentes con los que jugar es el personaje, su importancia en la estructura de la novela. Su peso con respecto a la trama, por ejemplo, define el tipo de literatura a la que nos enfrentamos. Cuanto más se profundiza en el perfilado de ese sujeto y menos en la trama más intimista es la novela; cuando la balanza se posiciona al otro extremo, nos enfrentamos a una novela de acción en que poco importa el cómo esté caracterizado el héroe o el villano.

Yo soy lector y autor de novelas de personajes, lo cual no quiere decir que deje de lado la trama, la estructura literaria, la calidad de la prosa o el tratamiento de las emociones. Al menos intento no flaquear en ninguno de los extremos.

Definir bien al personaje es, a mi entender, esencial para introducir al lector, a un amante de la literatura con letras mayúsculas, en la red de la novela.

Hay que creerse sus circunstancias, vivir sus miedos, ansiar sus proyectos en el caso de que nos identifiquemos con él, o bien odiarlo, temerlo, desearlo o envidiarlo. El personaje tiene que provocar en nosotros un efecto devastador para que nos interese seguir pasando las páginas en busca de su destino.

En esta novela que me traigo entre manos he decidido que hay muchos personajes, pero sólo cuatro esenciales: Leo, Carmela, Pablo y Virginia.

En torno a ellos girará la historia.

Toda novela coral, como es ésta en que he decidido colocar cuatro protagonistas, necesita de un elenco mayor para poder dar juego a los héroes y heroínas.

De ahí que yo clasifique a los personajes en cuatro niveles:

* Protagonistas
* Indispensables
* Secundarios
* Reparto

Poco a poco iré desvelando por qué esa clasificación, quiénes son los que darán vida a estos personajes en mi novela y qué me llevo a tomar esas decisiones.

Os paso un adelanto de la composición de la historia en función de las relaciones entre los personajes:



lunes, 9 de julio de 2012

Historia de una novela

Es ésta una novela que comencé a escribir en otoño del 2009. Ahora que entra en su recta final, quiero compartir con vosotros todo el proceso de construcción transcurrido hasta ahora así como todo lo que queda por llegar, desde la finalización de la historia a la decisión final sobre el título, las correcciones, el movimiento editorial, los concursos, la distribución (si se publica), las reseñas, los aprendizajes, las decepciones.